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Según un dibujo de Catlin: un jefe indio del litorial argentino con su mujer.

 

 
ABORIGENES DE ARGENTINA

PRIMITIVOS GRUPOS ÉTNICOS
    Cuando los navegantes y conquistadores europeos llegaron a las costas americanas llamaron a sus habitantes (indios), porque estaban convencidos de haber llegado a la Indias, en las costas asiáticas. Los indios o aborígenes americanos llegaron desde Asia hasta el continente en diversas épocas, atravesaron el estrecho de Bering y pasaron de Siberia a Alaska. En el transcurso de unos 18 mil años llegaron hasta el sur del continente. Durante esa lenta expansión, que a lo largo de seiscientas generaciones les llevó hasta la actual Tierra del Fuego, sufrieron considerables cambios. A éstos se sumaron los aportes de los nuevos elementos llegados por mar a la costa del Pacífico.
    Estos primitivos habitantes tenían características mongoloides, propias de un tipo especial de población que fue común a Asia y Europa, de la que quedan aún substratos en zonas marginales del Viejo Mundo, así como entre los aborígenes australianos y entre los ainos del Japón. Así, el probable homo tipo indoamericano fuese de piel cobriza, más que amarilla, y quizás fuera producto de un cruce entre amurios (o habitantes de la región asiática del río Amur) y mongoloides.
    Resultado de sucesivos cruces y aportes inmigratorios fueron las tribus que habitaban el suelo argentino, a la llegada de los españoles, en los primeros años del siglo XVI. Estas tribus y grupos indígenas, que en su mayoría aún se hallaban en estado nómada, no lograron alcanzar el gran desarrollo y la civilización que sí habían alcanzado los mayas, aztecas e incas, en otras zonas del continente.

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INDIOS DE LA LLANURA
Fueguinos y patagones
    Los indios que poblaron el actual territorio argentino se pueden dividir en cuatro grandes grupos, por su situación geográfica y por sus características: los pueblos de las llanuras, los pueblos andinos, los del litoral y los de los montes. Los fueguinos habitaban las islas y Tierra del Fuego y eran pueblos canoeros, cuyas familias principales eran los yámanas y alakalufes. Los alakalufes estaban relacionados con los chonos chilenos. Estos pueblos se habían adaptado a las posibilidades del medio. Eran pescadores y cazadores de ballenas, focas y pingüinos. Construían botes con cortezas de árboles cosidas con tiras de barbas de ballena y fibras vegetales, y provistos de un ligero armazón de madera. Desde las playas del golfo de San Julián divisó Magallanes unos indios de gran



altura, cubiertos con pieles y con el rostro pintado, y los llamó patagones. Se cree que los llamó así por el tamaño de sus pies, muy agrandados por estar envueltos con pieles de guanaco. Sin embargo, en las pinturas de la época no se les dibujaba con los pies grandes. Esto hace pensar en una novela muy famosa leída entonces cuyo personaje principal era un gigante llamado Patagón. Se puede suponer que Magallanes pensaba en él cuando dio ese nombre a los gigantescos indios. Entre los situados en el sur, chónki, las familias principales eran los tehuelches, teuesch y onas, mientras que los del norte, eran los puelche-guénaken. Los del sur no eran gigantes, como decían los españoles, pero sí eran más altos que sus vecinos; su economía se basaba en la caza, a pie, del guanaco y el

avestruz, con arco y flecha, boleadoras o lazo, y en la recolección de productos silvestres tales como semillas, frutas y raíces. Eran nómadas y en todas las excursiones que realizaban llevaban la casa a cuestas. Empezaron a usar el caballo alrededor de 1750. Los del norte se cobijaban bajo el toldo pampeano, hecho de cueros de guanaco cosidos y sostenidos por varios palos. Al principio, los del sur usaban un simple paraviento, pero luego adoptaron el toldo de sus vecinos, fácil de armar en cualquier lugar.     Las familias se reunían en grupos mayores, llamados parcialidades, de unas cuatrocientas personas, gobernadas por un cacique que elegían por su valor y ascendiente. El patagón, cuando quería casarse, debía comprar a su esposa; por eso los indios ricos y los caciques podían tener varias. En la familia las tareas estaban divididas de la siguiente forma: las mujeres preparaban la comida y sobaban pieles para los toldos y mantos, mientras el hombre cazaba o fabricaba arcos y flechas. Tanto las mujeres como los hombres se pintaban el rostro de diversos colores, distintos en tiempo de paz y de guerra. También se adornaban la cabeza con zarcillos y plumas. Hace más de un siglo estas tribus se mezclaron con los indios pampas y araucanos, por eso es raro encontrar algún descendiente.

Los Onas
    Los onas eran racial, lingüística y culturalmente parte de los chónik o patagones. La isla Grande y las islas menores de Tierra del Fuego, estuvieron pobladas por aborígenes a los que se les llamó fueguinos. En la isla Grande, los onas integraban dos grupos de costumbres y dialectos distintos: los seIknam y los haush o mánchek.
    Estos últimos tenía su hábitat en el extremo sudoriental, en la bahía Tehtys y Fathey, y se extinguieron completamente; los últimos seiknam fueron los de las secciones del norte y del sur. Los onas sumaban, aproximadamente, diez mil individuos hacia 1860; a comienzos del siglo eran mil y en 1925 su número se reducía a 285. Existe en la actualidad una pequeña reducción cerca del lago Fagnano donde sobreviven las últimas familias de este tipo racial. Los onas eran de talla alta, mientras que los haus eran algo menores, tenían la piel cobriza, los ojos pequeños y oblicuos, el pelo abundante y negro. Tanto los hombres como las mujeres se pintaban según las circunstancias: para la guerra, de rojo; para cazar, de colorado oscuro o amarillo, si buscaban novia se pintaban puntitos blancos, que eran sustituidos por puntos negros, después de haberse casado. Su vivienda era un simple cuero levantado a manera de mampara, en semicírculos, o una choza cónica de palos.
    Se cubrían con piel de guanaco o de otros animales, con el pelo hacia fuera; las mujeres y los niños se cubrían con un simple taparrabo triangular de cuero y calzaban una especie de sandalia, también de cuero, sobre todo en el invierno. Sus armas eran la honda y el arco y flechas, las cuales llevaban en carcaj. También usaron piedras, boleadoras y para la pesca utilizaban lanzas y arpones.
    Poseían un idioma pobre, pues el número de palabras que empleaban era muy reducido, tanto en las formas dialectales de los selknam, como en las de los haus. Su alimento principal eran los guanacos, tucu-tucus y lobos marinos. Recolectaban mariscos, raíces alimenticias y hongos, y de la semilla de una crucífera, el tai, obtenían una harina con la que hacían una pasta que era parte de su nutrición.


Entre las tribus que poblaban la patagonia, los caciques y chamanes eran el eje de la vida social y religiosa. En la foto, el cacique tehuelche Capacho, uno de los últimos representantes de esta tribu.

Conocieron el arte de la cestería con técnica propia; fabricaban baldes de corteza de haya y las grandes valvas marinas les servían de recipientes para beber y depositar sus alimentos. Carecían de instrumentos musicales, pero cantaban y celebraban ceremonias. Según la tradición, hubo una época en que gobernaban las mujeres (matriarcado) y atemorizaban a los hombres con apariciones fingidas; pero cuando los varones descubrieron el secreto mataron a las mujeres mayores y desde entonces gobernaron valiéndose también del temor. Este secreto, que era revelado a los jóvenes al llegar a la pubertad en una ceremonia llamada kloketen, no podía ser conocido por las mujeres.
    La familia, en principio era monógama, pero también existía la poligamia. No había caciques, pero se respetaba la opinión de los ancianos, sobre todo de los hechiceros: los jón. En la base de su religión, los onas reconocían la existencia de un ser supremo llamado Temaukel. Su mensajero o intérprete, llamado Kenós, era creador de las cosas del mundo, y, finalmente, se convirtió en la estrella Alfa. También figura en su mitología un héroe severo y generoso, Kuanip.
    Cuando un ona moría, su cuerpo era envuelto en su manto de pieles y atado con tientos; luego se le depositaba en una profunda zanja y, finalmente se quemaba y destruía todo lo que le había pertenecido.

Los yámanas, el pueblo de las canoas
    Los yámanas o yaghanes eran canoeros vivieron durante largo tiempo en los innumerables canales del archipiélago fueguino, desde el Beagle hasta el cabo de Hornos. A mediados del siglo XIX todavía sumaban unos tres mil individuos, en 1866 quedaban solamente cuatrocientos y en 1914 no pasaban de cien. Su idioma presentaba cinco formas dialectales, que correspondían a los grupos, no tribus, que se dividían el territorio ocupado. Su vivienda consistía en una choza de ramas encorvadas formando una bóveda, que se cubrían de pastos y hojas secas. En invierno, las ramas se tapaban con cueros y el fuego ardía permanentemente en su interior. Eran individuos de baja estatura, de piernas encorvadas, posiblemente a causa de la Posición en cuclillas, de la que se valían, permanentemente, en las canoas. Tenían la cara redonda, la nariz chata, los ojos pequeños y oblicuos, y los pómulos salientes.

    Generalmente iban desnudos, aunque algunas veces se cubrían con un manto rectangular de pieles de lobo marino. Los núcleos orientales usaban manto de guanaco y las mujeres, la tanga o cubresexo triangular de cuero. Calzaban mocasines, como los onas; se adornaban con collares de conchillas y rodajas de fémures de aves, y se pintaban el rostro de rojo, negro y blanco. Utilizaban la honda y los cuchillos formados con las valvas de ciertos moluscos; también eran comunes el arco y la flecha, siendo el arco más corto que el de los onas, y fabricaban lanzas y arpones para la pesca. Su idioma era rico en voces y expresiones, dé sonidos suaves. La alimentación era exclusivamente marina. En grupos de dos o tres familias recorrían los canales con sus canoas.
    Puede decirse que la canoa era su verdadero hogar: tenían un tamaño de tres a cuatro metros de largo, por ochenta centímetros de ancho, y estaban hechas con cortezas de hayas, cosidas con barbas de ballenas. la pesca y la recolección de moluscos era tarea de las mujeres; la caza de lobos marinos y de aves estaba a cargo de los hombres. Recolectaban también los hongos y las semillas de calafate para su alimentación. Con corteza de haya construían baldes parecidos a los de los onas, sin embargo, disponían de una técnica propia para la fabricación de los cestos.
    No se les conocen instrumentos musicales, pero realizaban danzas y entonaban cantos, y para sus ceremonias se pintaban con rayas rítmicas, puntos, círculos y cruces. La familia era monágama, si bien existió también la poligamia, en el matrimonio, el hombre ejercía la máxima autoridad. Los recién nacidos defectuosos eran eliminados. No tenían caciques, pero se escuchaba la opinión de los ancianos y de los hechiceros llamados vóccmusch. Creían en un ser supremo invisible, Watauinewa, dueño de todo lo creado y rector de la vida de los yámanas. Figuran en su mitología numerosos espíritus. Entre ellos, uno de los más importantes es Tánowa, ente femenino, habitante del interior de la Tierra. Practicaban ceremonias de iniciación para ambos sexos; la de los hombres se llamaba Kina.

Los alakalufes
    Al igual que los yámanas, los alakalufes eran también canoeros de los estrechos fueguinos. Formaban dos grupos distintos, el septentrional y el meridional.
    Vivían en estado nómada y poseían un aspecto físico similar al de los yámanas, pero de estatura algo mayor. En tiempos lejanos habían ocupado toda la Patagonia occidental o chilena y las islas situadas entre el golfo de las Penas, en el norte, y la península de Brencknock, al sur; también el estrecho de Magallanes, llegando, incluso al archipiélago de Chiloé. Llegaron a la región entre los años 2000 y 1500 a.C. y, adaptados al clima por su larga permanencia, llevaban la vida de los antepasados mesolíticos.
    Los elementos incorporados a lo largo de su existencia eran muy escasos. Vivían en el mar; no conocían la cerámica y usaban como recipientes valvas de moluscos, o los confeccionaban con corteza de haya o cuero. Con la llegada de los blancos, comenzó su extinción.


Una imagen de los indios de la patagonia.


Grabado de una típica toldería de la provincia de Buenos Aires, del pintor norteamericano George Catlin.


Los indios yámanas o yaghanes
eran principalmente pescadores
y la canoa constituía su verdadero hogar.
Arriba una vista de la isla de Wollaston,
en el cabo de Hornos.

Los pampas y querandíes
    Los pampas primitivos existieron mucho tiempo antes de la llegada de los españoles, dispersos en la región pampeana, el hábitat sirvió para su denominación. A principios del siglo XVIII, comenzó su extinción, cuando fueron reemplazados por conglomerados de araucanos procedentes de Chile, a los que también se les llamó pampas. La suplantación fue gradual y más o menos lenta, hasta la extinción. Hacia finales del siglo XVIII el cambio era un hecho consumado y en la pampa no quedaban más que araucanos. Los blancos que visitaron sus tierras, aproximadamente desde 1668, encontraron cada vez más indios extraños a la zona, a los que se les calificó de aucas o indios alzados. Gracias al testimonio de jesuitas que estuvieron en la zona, como el padre Faulkner, se obtuvo un conocimiento relativo de los antiguos pampas, aunque a mediados del siglo XVIII estaba en pleno desarrollo el proceso de suplantación de los moradores primitivos por los llegados del otro lado de la cordillera.
    Lehmann-Nitsche fue el primero que advirtió la presencia en la pampa de una lengua que no era araucana, ni tampoco la de otras tribus vecinas y la llamó het, pero seguramente era la lengua de los antiguos pampas. Los indios querandíes, a quienes conocieron los primeros descubridores y colonizadores, habitaban en la zona que tenía por centro el territorio de la actual ciudad de Buenos Aires, llegando por el norte al río Carcarañá, por el este al mar y al Río de Plata, por el sur hasta más allá del Salado bonaerense, y por el oeste hacia el pie de la Sierra Grande, en Córdoba. Por consiguiente, los querandíes formaban el sector oriental de los pampas primitivos. Fueron subdivididos en dos grandes grupos: los taluhet que ocupaban la pampa húmeda; y los diuihet en la parte occidental y meridional, que habitaban la pampa seca.

Modo de vida
    Los pampas eran de talla alta, cabeza alargada, y presentaban cierta semejanza con los patagones, aunque eran de estatura algo menor. El esqueleto hallado en Fontezuelas se cree que sería anterior aun a los pampas históricos; lo mismo se ha dicho de los cráneos fósiles de Arrecifes. Se servían del arco y la flecha, cazaban venados a pie y los rendían por cansancio. Eran nómadas, su vivienda consistía en un simple paravientos, con cueros de venados pintados y adobados, después usaron los cueros de bovinos y equinos. Seguramente el toldo pampeano fue un perfeccionamiento ulterior. Su alimento era la carne; recolectaban productos silvestres de origen vegetal o animal y, como todos los pueblos patagónicos, se vestían con una pampanilla y un pellón, el quillango que les servía de capa. Trabajaban la piedra y poseían grandes morteros líticos, utilizaban las boleadoras de dos bolas y también las de una. En el área que ocupaban los querandíes se ha encontrado una cerámica con decoración simple, grabada y geométrica, que posiblemente era propia de ellos.
    Al adoptar el caballo abandonaron la que había sido, en un principio, su actividad de alfareros, aumentó el nomadismo y entonces practicaron, con intensidad el arte de la cestería. Conservaban la tradición de un dios llamado Soychu, con el cual se reunían al morir. Creían en un espíritu del mal - Gualichu, creencia común a otros pueblos australes. Sus hechiceros practicaban los ritos; al hechicero se le llamaba macchi. Como en otros pueblos


Acuarela de 1818.
Indios pampas en la puerta
de un negocio de Buenos Aires.
Por el marino inglés Emeric Essex Vidál.



Fotografía de indios pampas


meridionales, las novias se compraban, y el divorcio era frecuente, al menos en el sector occidental. Es probable que la lengua de los querandíes fuera la de casi todas las parcialidades pampas, aunque hubiese diversos dialectos de ella. Sebastián Caboto, cuando se estableció en la desembocadura del Carcarañá, se encontró con los pampas a los que bautizó con el nombre de querandíes, palabra que significa «gente de grasa», tal vez por la costumbre de comer carne y grasas de animales.
    Fueron éstos los indios con los cuales Mendoza estableció contacto y los que le brindaron alimentos en las primeras semanas; pero también fueron ellos los que incendiaron con sus flechas la recién fundada Buenos Aires. Como no era un pueblo sedentario, sino siempre nómada, Buenos Aires careció de mano de obra para el trabajo, hasta la introducción de los negros africanos.
    Algunos pequeños grupos pampas fueron absorbidos sobre la margen derecha del río Salado de Buenos Aires, no lejos de la desembocadura, al ser incorporados por los jesuitas, en 1740, a la reducción de Concepción de los Pampas, aunque en 1873 esa reducción quedó vacía. Al sur de Córdoba hubo algunas reducciones, como la de San Esteban de Bolón, San Antonio, sobre el río Tercero; Yucat, que todavía persiste como población, Las Peñas, etcétera. En 1794 se mencionaba la existencia de pampas reducidos en esa zona, pero en general se diluyeron con los araucanos.

Los puelches
    El grupo que habitó la zona comprendida entre el sur de la provincia de La Pampa, el extremo sur de la provincia de Buenos Aires y Río Negro fue llamado por los araucanos, puelches, que significa «pueblos del este». Se habla así, de puelche-guénaken, para designar al grupo de pobladores primitivos. El padre Faulkner conoció a estos indios mientras se hallaba en las misiones del sur de Buenos Aires, entre 1740 y 1750, y en 1830 Alcide D’Orbigny los encontró en Carmen de Patagones. Faulkner los subdividió en dos grupos. A uno lo llamó chechehet, hibridismo por het una voz pampa que significa «gente» y se extendía desde lo que es hoy Bahía Blanca, hasta la desembocadura del río Negro. Al otro grupo lo llamó levuche, voz mapuche que significa «gente de río». Había otros grupos nómadas que llegaban hasta las sierras de Tandil y de la Ventana, por lo cual se les llamó serranos. Los chechehet tenían como vecinos a los querandíes, en el norte, y en el sur a los guénaken. Desde el punto de vista racial y linguístico, los chechehet estaban más cerca de los guénaken que de los pampas primitivos. En la expedición exploradora que realizó Juan de Garay en 1582, después de la fundación de Buenos Aires, se encontró con estos indios cerca de Mar del Plata. Su piel presentaba un color moreno-oliva; eran corpulentos, anchos de espalda, con miembros vigorosos, rostro ancho y serio, boca saliente y labios gruesos. Tenían los ojos pequeños, horizontales, pelos largos y lacios, pómulos salientes, cráneos dolicocéfalos, rasgos todos del tipo racial patagánico. Su alimento principal se lo proporcionaban los guanacos y ñandúes; a los que a partir del siglo XVIII se sumaron los caballos.

Vida social
    Las armas de los puelches eran el arco y la flecha, las bolas y el lazo. Llevaban las flechas en el carcaj. Eran muy diestros con la honda y cuando comenzaron a utilizar el caballo emplearon también la lanza larga. Su indumentaria consistía en un manto más o menos cuadrangular, compuesto de varias pieles cosidas con tendones, el quillango. Usaron primero las pieles de guanaco; luego las de felinos, zorros, etcétera, y después las de equinos. En la parte opuesta al pelo, los mantos ostentaban pinturas geométricas. Debajo del manto los hombres llevaban un cubresexo y las mujeres un pequeño delantal de piel. Ambos se pintaban el cuerpo con varios colores y se sujetaban el pelo con una vincha. Carecían de vivienda fija. No se tienen noticias de que los antiguos puelche-guénaken practicasen la cestería o alfarería, pero más

Mucho tiempo antes de la llegada de los españoles, los pampas vivían dispersos en la región pampeana. A principios del s. XVII fueron desplazados por los araucanos, hacia el norte y comenzó su rápida extinción. Este grabado corresponde a una pintura de pampas en Buenos Aires, por Emeric Vessex Vidál.

tarde tuvieron una cerámica con decoración incisa; tampoco conocieron el tejido, tenían cuchillos y raspadores de piedra. La familia era monágama, pero los caciques podían tener varias esposas, en el siglo XVIII, el cacique Bravo 0 Cangapol hacía ostentación de siete mujeres. El matrimonio se efectuaba por compra de la mujer a cambio de mantas, caballos, etcétera. Por encima de la familia estaba la parcialidad, agrupación de aproximadamente cien personas, de las cuales se conocían cinco, o más, cada una de las cuales llevaba el nombre de un animal como distintivo, resto de un antiguo totemismo. Al frente de cada parcialidad había un cacique, pero su autoridad era muy limitada. Eran elegidos para ese cargo individuos valientes y aptos para la oratoria en los parlamentos.

Creencias y lenguaje
    Los puelches creían en una alta divinidad que llamaban Tukutzual, pero no se sabe que fuese objeto de un culto particular. También creían en el genio del mal: Arraken, causante de las desgracias, las enfermedades y la muerte. Su representante era Elel, y ambos intervenían en momentos importantes de la vida: nacimiento, entrada en la pubertad, casamiento, etcétera. Cuando alguien moría se le envolvía en su manto y era enterrado con sus armas y ornamentos al lado; se practicaba luego el sacrificio de sus animales y su toldo era reducido a cenizas.
    Su lenguaje es distinto del tehuelche meridional, pero tiene muchas características comunes, sobre todo en lo gutural, en diversos vocabularios adoptaron la lengua puelche-guénaken. Se ignora la época en que se produjo la diferenciación de los patagónicos primitivos en los patagones del norte y los patagones del sur. En el período en que esto sucedió, los puelche-guénaken realizaron aquellos implementos de piedras decorados con incisiones, que fueron llamados placas grabadas por los arqueólogos que los descubrieron, y cuyo significado es aún desconocido. Los araucanos chilenos influyeron más tarde en la arqueología de la región. Representativas de esa influencia son unas hachas de tipo neolítico con largo mango de madera, y jarras de barro cocido con una sola asa.
    Con la introducción del caballo se alteraron las costumbres primitivas; los puelches se dedicaron al saqueo de la población blanca y los araucanos acabaron por absorber o extinguir a los puelche-guénaken.





Los araucanos
    Encarnizados defensores de su tierra frente a los conquistadores, los valientes araucanos se extendían a lo largo del territorio chileno. Su peligrosidad aumentó al adoptar el caballo, que obtuvieron primero cambiándolo por mantas y tejidos a los pampas, y luego, atravesando la cordillera para conseguirlo. Así ocuparon las llanuras argentinas e impusieron su lengua y costumbres a pampas y patagones. Esto ocurrió durante el siglo XVIII, siendo los araucanos los últimos indios que se establecieron en la Argentina.
    Al hacerlo, abandonaron la vida sedentaria y el papel de agricultores, que llevaban en Chile, y basaron la búsqueda de alimento y vestido en el caballo. Aprovecharon la gran movilidad que éste les brindaba para dedicarse a la caza y al saqueo, arrastrando a los pampas en sus malones.
    Su vivienda era el toldo pampeano, que a veces dividían con cueros de caballo o vaca y donde, con frecuencia, se reunían alrededor de un fogón. Se cubrían con dos mantas: una de ellas, el chamal, la envolvían en la cintura y la sujetaban con una faja, la segunda era un poncho que se ponían especialmente las mujeres. Ambas mantas se colocaban de distinta manera: la primera cubría todo el cuerpo, desde los hombros, donde la prendían con alfileres, ciñéndola además en la cintura; la segunda caía desde los hombros a la manera de una capa. Los hombres usaban chiripá, que les envolvía las piernas.

Vida Tribal
    Los araucanos se agrupaban en tribus numerosas, a menudo rivales, cuyo poder se fue consolidando a medida que absorbían a pampas y patagones. Aunque nunca llegaron a formar verdaderos estados, tuvieron una cohesión y una organización política que sólo se puede comparar con la de los andinos del noroeste. Estaban gobernados por estirpes, dirigidas por un cacique (toqui). El gran cacique (guImen) elegido por una asamblea de guerreros, ejercía su poder sobre un territorio más extenso. En la historia nacional argentina tuvieron gran importancia estas tribus, y muchos escritores y viajeros han dejado interesantes testimonios sobre ellas. La tribu de los pehuelches, que ocupaba la zona cordillerana y la comprendida entre los ríos Diamante por el norte y Limay por el sur, fue una de las más importantes. Los aucas eran araucanos que vivían en la zona de las sierras de la Ventana y Tandil. Al este del Salado estaban los ranqueles. Al este y al sur de los ranqueles se hallaba el grupo de las Salinas Grandes, cuyos jefes Calfucurá y Namuncurá organizaron terribles malones contra estancias y pueblos de la provincia de Buenos Aires. Otros grupos, como mapuches y tehuelches, eran ramas del tronco araucano original.


Un indio araucano en un cementerio, según una fotografía tomada por Heffer hacia 1880.
Los araucanos se extendieron por el Sur Argentino.

Creencias
    Reconocían un ser supremo creador, aunque no protector: Chachao (padre de la gente); no tenía representación personal y vivía en el cielo lejos de los hombres y sus conflictos. En cambio cerca de ellos, pero perdido en la noche y la naturaleza hostil, estaba el espíritu del mal, Gualicho, al que debían ofrendar alimentos y tornarlo propicio con ceremonias mágicas. Los araucanos temían a los muertos y los enterraban lejos de la toldería, con sus armas y alimentos. Si se trataba de un cacique,un gulmen o un toqui, se hacían sacrificios de animales. Más tarde se inmolaba su caballo de guerra para que pudiera escapar de Gualicho e irse al cielo con Chachao.


Una familia de araucanos. Estas tribus opusieron una gran resistencia a los conquistadores obligando en muchas veces a los españoles a hacer pactos de paz.

INDIOS DEL LITORAL
    Habitaron lo que puede llamarse «zona de expansión guaraní», aunque no todos pertenecían a esta etnia ni usaban su lenguaje.
    Las poblaciones del litoral primitivas fueron canoeros de origen mesolítico, procedentes de la Patagonia. Su migración tuvo lugar hacia el último milenio antes de Cristo. De esta etapa mesolítica hay rastros en el sector sur del Litoral, en los conchales del Delta, compuestos por valvas de moluscos bivalvos y restos antropológicos de bóveda craneana baja, leznas, puntas de arpón, etcétera. Por el río Paraná penetraban también lobos marinos, marsopas y delfines, que constituían un alimento bienvenido para esos grupos. A la primera migración patagónica se agregaron otras de cultura superior, que trajeron la cerámica. Los arawak o arahuacos corresponden a la cultura neolítica y es posible que recibieran influencias andinas; en el Litoral también se establecieron grupos guaranfes, en el Delta y en la desembocadura del Carcarañá, y desde allí irradiaron su influencia poco tiempo antes de la llegada de los españoles.

Las reducciones. En la segunda fundación de Buenos Aires, Juan de Garay dio en encomienda indios mbeguaes a vecinos de Buenos Ares. Se mencionan así veinte encomiendas de ese origen, que se agregaron a la población mestiza y acabaron por extinguirse. La parte de los mbeguaes que

que permaneció en las tierras anegadizas de Entre Ríos, subsistió, con el nombre de machados, hasta el siglo XVIII. La parcialidad del cacique Quendiopen, a quien los guaraníes apodaron Tubichamini, se mantuvo por algún tiempo en el sudeste de la provincia de Buenos Aires, en una reducción que llevó su apodo como nombre. Otra reducción de indios mbeguaes, sobre el río Arrecifes, al norte de Buenos Aires, desapareció muy pronto.
    En la repartición hecha por Garay en 1582 figuran también indios chanaes con doce caciques, y sus respectivos grupos; en 1673
todavía existían siete encomiendas de ese origen. Con los chanaes se formaron en 1616 las reducciones de Santiago de Baradero, pero en 1776 ya no existían. En 1624 se creó la de Santo Domingo Soriano, en la Banda Oriental con indios llevados de Baradero, a la cual se le agregaron grupos charrúas cuando fue trasladada.
    De principios del siglo XVIII es la reducción de San Bartolomé de los Chanaes, en la desembocadura del Carcarañá; en 1621 contaba con 321 individuos, pero a mediados del siglo XVIII había desaparecido. Hernandarias fundó, en 1616, San Miguel de Calchines, pueblo que subsiste en el noroeste de la actual Santa Fe. En esa misma época se fundó San Lorenzo de los Mocoretas, pero en 1631 habían muerto o desaparecido todos sus componentes. Los mepenes se fusionaron con los guaycurúes y es posible que constituyeran una de sus fracciones.

Los charrúas
    Estos indígenas constituían tres grupos étnicos de una misma familia lingüística: los charrúas propiamente dichos, los güenoas, los minuanes, los bohanes y los yaros. Los chanaes y mbeguaes integraban otra formación étnica, la del litoral paranaense, aunque se les puede incluir entre los charrúas. Los güenoas y minuanes no eran entidades distintas, sino un solo grupo. Así, pues, los charrúas se reducían a tres grupos: charrúas, minuanes y bohanes. Los otros gentilicios era subdividiones de estos tres núcleos.
    El territorio de los charrúas coincide, en líneas generales, con la Banda Oriental, la actual República del Uruguay, prolongándose por el norte hasta aproximadamente el río Ibicuy, por lo menos hasta la llegada de los españoles, pues ese área se ensanchó, a partir de la segunda mitad del siglo XVII, a la mayor parte de la provincia de Entre Ríos.

Características. Integraban estos indios el tipo racial patagónico, de alta estatura, vigorosos, de fuerte complexión y escasa pilosidad. En el transcurso del tiempo se mezclaron con los guaraníes, los blancos y los negros.
    La primera mención de la existencia de los charrúas se debe al navegante Diego Garcia de Moguer, en 1526; también el navegante portugués Lopes de Souza, en 1531, en un viaje furtivo al Río de la Plata, entró en contacto con ellos, entre Maldonado y Colonia.     En 1732 el municipio de Buenos Aires resolvió establecer un convenio de paz con los charrúas de la Banda Oriental para faenar allí, ya que los aucas pampeanos obstaculizaban esa tarea en la zona de sus irrupciones, de este lado del Plata.
    En 1833 uno de los últimos grupos charrúas fue llevado a París para ser exhibido y todos sus componentes murieron por efecto del cambio de clima y de ambiente. El grupo estaba formado por tres hombres y una mujer. Un francés llamado Francois Curel se embarcó con ellos en el bergantín Phaetón, que salió de Montevideo el 25 de febrero de 1833, y llegó a Saint-Malo el 7 de mayo del mismo año. Los indios, que murieron en Francia víctimas de tuberculosis, se llamaban Vaimaca, Senaca, Tacuabé y su mujer Guyumusa. Los charrúas que no se diluyeron en el resto de la población por cruzamiento, fueron extinguiéndose en la lucha y en la resistencia contra el dominio de los blancos. En el el siglo XIX terminaron por desaparecer totalmente.

Organización. Los charrúas del primer período se dedicaban a la caza de venados y ñandúes, a pie, si se trataba de los primeros, y mediante redes que instalaban en algunos puntos, hacia donde obligaban a correr a los animales perseguidos, si se trataba de los segundos. En el litoral disponían de canoas y practicaban la pesca. Recolectaban también frutos silvestres, huevos de ñandú y cogollos de ceibo.
    Utilizaban como armas las boleadoras, el arco, la flecha y la honda. El arco era corto y guardaban las flechas en carcajes de cuero. Cuando dispusieron del caballo, agregaron a sus armas la lanza de varios metros de largo; antes habían usado lanzas cortas y una especie de jabalina con puntas de piedra o de madera endurecida al fuego.

    Se cubrían con el manto de pieles de los patagones, pero solamente lo llevaban en ciertas oportunidades o cuando hacía frío; eran los quiyapi o quillangos, con el pelo del manto hacia adentro y la superficie externa ornamentada con figuras geométricas. Cuando hacía calor dejaban el manto, su única prenda era un delantal de piel o de algodón.
    Cada toldería o parcialidad tenía un cacique, aunque éste no era sumisamente obedecido; en caso de guerra constituían una especie de consejo, que decidía lo que había que hacer.
    Conocían una alfarería semicruda, de formas simples, sin asas, lisa o decorada únicamente con líneas punteadas. Los jesuitas mantuvieron varias reducciones charrúas, entre otras la de Santo Domingo Soriano, que perduró dos siglos. En 1746 fundaron la de San Andrés, sobre el río Negro, para reducir a los guinuanes, pero resultó un fracaso en poco tiempo. En 1750 los vecinos de Santa Fe organizaron una batida contra los charrúas invasores de Entre Ríos y los dispersaron. Los que cayeron prisioneros fueron llevados a la otra banda del río Paraná y asentados sobre el arroyo Cayastá, un afluente del Salado; allí formaron los franciscanos la misión Concepción de los Charrúas, que poco después fue trasladada cerca del lugar en que estuvo situada la primera ciudad de Santa Fe.     De la lengua charrúa se sabe poco, a pesar de que se conocen algunas voces. Racialmente eran patagónicos y tenían parentesco con los indios chaquenses y con los pampas primitivos. La mayor parte de los investigadores coinciden en señalar una vinculación étnica charrúa-patagónica.
    Los charrúas sufrieron la influencia de los pueblos del litoral y, cuando adoptaron el caballo, sobre todo al penetrar en la Mesopotamia, intensificaron su dedicación al pillaje.
    Debido precisamente a ese motivo, los blancos se defendieron, formando expediciones que partieron de Buenos Aires, Santa Fe y Montevideo, hasta la extinción total de este pueblo.
    Varios pueblos vivían a ambas márgenes del Paraná a la llegada de los descubridores españoles. Los primeros que entraron en contacto con ellos fueron Diego García y Sebastián Caboto, en 1527 y 1528, respectivamente. En 1536 supo de ellos Pedro de Mendoza y en la segunda mitad del siglo XVI otros adelantados, especialmente Ortiz de Zárate. Los descubridores y conquistadores remontaban el curso del Paraná seducidos por leyendas fantásticas, primero, y luego para llegar hasta Asunción del Paraguay, fundada por los hombres de la expedición de Mendoza.     Los grupos indígenas hallados en el curso de esos viajes y contactos fueron los mepenes, mocoretaes, calchines, quiloazas, corondas, timbúes y carcaraes, chanaes y mbeguaes, querandíes y guaraníes.
    Los querandíes, como se ha dicho, eran indios pampas, y ocupaban en sus correrías otros territorios; los guaraníes, el grupo más numeroso e importante, son además distintos étnica y lingüísticamente.

LOS GUARANIES
    Los guaraníes, rama meridional de la familia tupí-guaraní, se extendían desde el Amazonas hasta el Río de la Plata. En el momento de la conquista habitaban parte de las islas del Paraná, el norte de Corrientes, el litoral de Misiones y parte de Salta. La región que dominaban no era muy extensa; sin embargo, tuvieron mucha importancia porque, al ser utilizados por los colonizadores y misioneros como guías e intérpretes ante los demás indios, difundieron sus costumbres entre los indígenas, como así también entre los españoles. La lengua guaraní es hablada, en la actualidad, en la Mesopotamia argentina y, sobre todo, en el Paraguay, por amplios sectores de población.

Un pueblo laborioso. Su característica nacional era el uso del tembetá, guijarro que ponían a los niños en el labio inferior al llegar a la pubertad.
    Sus aldeas, levantadas a orillas de los ríos, estaban protegidas con empalizadas de troncos de palmera. Eran muy laboriosos: cazaban, pescaban, recolectaban y criaban animales domésticos; durante la noche, o en las horas más calurosas, descansaban tranquilos en sus hamacas, que colgaban de dos estacas salientes de sus viviendas.
    El cultivo del suelo que habitaban no resultaba sencillo. Para poder sembrar tenían que cortar árboles y malezas; esto lo hacían quemando unos y otras, en época de sequía, y con la ceniza abonaban la tierra. Cultivaban mandioca, batata y maíz. Eran sedentarios, construían casas comunales, donde vivían familias emparentadas; hilaban el algodón y dominaban la alfarería. La labor de las mujeres consistía en sembrar zapallos, o maíz y, cuando era tiempo, también ellas levantaban la cosecha. La yerba mate, a la cual eran muy afectos, no había necesidad de sembrarla, pues crecía en abundancia en los bosques.
    Como en casi todos los pueblos indígenas, las mujeres también trabajaban el barro con cierta habilidad, como lo prueban las piezas de cerámica guaraní que han llegado hasta nosotros. Un taparrabo de plumas, la tanga, era la única prenda que usaban las mujeres guaraníes; más tarde la reemplazaron por una camisa de algodón: el tipoy. Los hombres andaban desnudos y se adornaban con plumas los brazos, los tobillos y la cabeza; todos se pintaban la cara. Solamente los jefes tenían varias mujeres ya que, como en los otros grupos, era necesario poder mantenerlas. El tubichá era el cacique que gobernaba las parcialidades; su cargo era hereditario y muy respetado. Creían en un dios, Tubá, que maduraba los frutos y provocaba la lluvia, pero no le rendían culto. Practicaban la antropofagia, esto es la costumbre de comer seres humanos, no como alimento, sino con un sentido ritual, y sólo la llevaban a cabo con sus enemigos más valientes.

Grupos guaraníes
    Se reseñan, a continuación, los grupos de guaraníes que poblaban diferentes zonas del territorio argentino, en tiempos del descubrimiento y la conquista.
   Los guaraníes de las islas o chandules, que fueron dados en encomienda por Juan de Garay, en 1582, a algunos vecinos de Buenos Aires, vivían en las islas más orientales y meridionales del delta del Paraná.
   Los guaraníes del Carcarañá habitaban las islas que forma el Paraná en su desembocadura, al norte y al sur de la misma.
    Los guaraníes del norte de la provincia de Corrientes vivían en torno al lugar que los

conquistadores llamaron Santa Ana; ellos desalojaron a los cáingangs de su antiguo territorio y los hicieron alejarse de las riberas del río y refugiarse tierra adentro. Al fundarse la ciudad de Corrientes, la importancia de este núcleo guaraní creció por el agregado de otros núcleos, llevados por los españoles desde Paraguay.
    Los guaraníes del litoral de Misiones quizá fueron cáingangs, grupo que todavía hoy ocupa la parte meridional de la República Federativa de Brasil los jesuitas tuvieron un estrecho contacto con ellos, y J. B. Ambrosetti les dedicó una monografía.
    Los chiriguanos llegaron hasta Bolivia, procedentes de Paraguay. En tierra argentina ocupaban una pequeña parte del Chaco salteño, en la zona de Orán; allí se superpusieron a los chanaes, pueblo arawak al que sojuzgaron y guaranizaron. Por hallarse al pie de los Andes y por la convivencia con los arawak, que habían ocupado antes el territorio, se distinguieron culturalmente más que los otros guaraníes; la cerámica chiriguana muestra la influencia ejercida por las culturas andinas. Los chiriguanos se llamaban a sí mismos avá, o sea, hombres; pero sus vecinos y enemigos los llamaban chiriguanos, que significa «sucios de estiércol».

Migraciones. El historiador Enrique de Gandía menciona varias migraciones guaraníes a través del Chaco, hasta la cordillera altoperuana que dio origen al pueblo chiriguano; la primera tuvo forzosamente que ser anterior a 1471, año en que comenzó a reinar el inca Túpac Yupanqui; la segunda tuvo efecto entre 1513 y 1518, y originó la población quarayú, que se estableció en las proximidades de Santa Cruz de la Sierra; la tercera se llevó a cabo entre 1518 y 1521; y la cuarta tuvo lugar entre 1521 y 1526, por sugerencia de los náufragos de Díaz de Solís, y fue su jefe Alejo García. Estos aborígenes tuvieron gran influencia sobre los otros pueblos nativos y sobre la población blanca, durante todo el período hispánico e incluso en la actualidad; la lengua guaraní se ha conservado viva en parte de Corrientes, en Misiones, en Chaco y, especialmente en el Paraguay país donde, junto con el castellano, es lengua oficial y donde la toponimia y numerosos nombres de la flora y la fauna tienen origen guaraní. Intérpretes tomados por los españoles en el sur de Brasil y otros de toda la faja de tierra a ambos márgenes del litoral, hicieron que se interesasen especialmente por esa lengua, a eso se agregó la acción catequística de los jesuitas durante todo el siglo XVII y la primera mitad del XVIII, en lengua guaraní.


INDIOS DE LOS MONTES
    En el territorio que ocupa la parte oriental y meridional del Chaco, en Formosa, norte de Santa Fe, nordeste de Santiago del Estero, y parte oriental de Salta, habitaron pueblos de origen patagónico. A estos grupos pertenecieron los abipones, los mbayaes, los payaguaes, los mocovies, los tobas y los pilagaes. Los mbayaes y payaguaes desaparecieron hace tiempo; los últimos eran canoeros y habitaban más al norte del actual territorio argentino. Los abipones, que dieron tanto quehacer a los colonizadores españoles, también se extinguieron, en sus antiguos dominios sólo se encuentran unos pocos mocovíes y un número algo mayor de tobas y pilagaes.

Abipones
    Los abipones habrían tenido su hábitat en las riberas norteñas del Bermejo inferior; a comienzos del siglo XVIII, adoptaron el uso del caballo y se dedicaron a vivir de la depredación, atacando las estancias y ciudades de los españoles. En ese período los conoció Martín Dobrizhoffer, jesuita austríaco (1718-1791), que vivió entre ellos en 1750-1762 y en su obra De Abiponibus, publicada en 1784 en tres volúmenes, ofreció abundante información. Los abipones se subdividían en tres ramas: gente del campo, gente del bosque y gente del agua; es probable que estos últimos fuesen restos de los mepenes. Los abipones fueron así descritos por Dobrizhoffer: “Están fisicamente bien formados y tienen rostros agraciados, muy parecidos en esto a los europeos ( ... ). Son altos de talla, de suerte que podrían alistarse entre los mosqueteros austríacos. Tienen los ojos más bien pequeños y negros, pelo liso, la nariz en general aguileña”. Dobrizhoffer no encontró entre ellos deformaciones, jorobas, piernas torcidas o vientres enormes, labios peludos o pies deformes; tenían además una dentadura blanca que conservaban hasta su muerte.

Mocovies
    Aliados de los abipones en sus depredacíones y pillajes fueron los mocovíes, que originariamente vivían en las fronteras del antiguo Tucumán y, cuando adoptaron el caballo para su mayor movilidad, contribuyeron activamente a la destrucción de Concepción del Bermejo, y participaron en otros ataques a las ciudades de Salta, Tucumán, Santiago del Estero y Córdoba. Alejados de esos centros de población por la expedición de Esteban de Urízar y Arespacochaga, en 1770, se dedicaron entonces a hostilizar a Santa Fe y las estancias de su jurisdicción. Con los mocovíes convivió a mediados del siglo XVIII, el jesuita alemán Florián Paucke o Baucke (1719-1780), cuyo relato, traducido con el título de Hacía allá y hacia acá, refiere sus experiencias enriquecidas con apuntes plásticos sobre la vida y las costumbres de ese núcleo aborigen.

Tobas
    Los tobas ocupaban originariamente el territorio de Formosa; después se replegaron a la parte oriental, pero extendiéndose simultáneamente hacia el norte y hacia el sur. Adoptaron el uso del caballo en el siglo XVII y fueron en lo sucesivo nómadas montados, siempre dispuestos a atacar las poblaciones españolas y saquear sus establecimientos ganaderos. Pero como su número era escaso y su importancia relativa, los daños ocasionados no fueron de tanta magnitud como los de otros grupos guaycurúes que operaban en zonas más pobladas. Actualmente los tobas viven en el Chaco paraguayo y se les llama pequeños tobas, los del Chaco argentino son los grandes tobas, denominaciones guaraníticas. Subdivisiones de los tobas habrían sido los cocolotes y los aguilotes, grupos ya desaparecidos, a los que se refieren algunos documentos.


La cerámica de las tribus del noroeste acusa una fuerte influencia del arte de los incas. Esta vasija proviene de Pozo del Medio, en la actual provincia de Santiago del Estero.

Los Matacos
    Los matacos vivían al oeste del Chaco y Formosa, y al este de Salta. Practicaban una agricultura muy primitiva, empleaban lanzas y macanas para la caza, construían viviendas circulares de ramas y paja, y tejían la lana y el algodón. A partir de la llegada de los españoles, su gran ocupación fue la guerra contra las poblaciones de colonos.

Pilagaes
    Los pilagaes son los únicos guaycurúes que conservan todavía en gran parte una cultura autóctona; habitan en la parte central de Formosa, sobre la margen derecha del Pilcomayo, en la zona anegadiza del estero Patiño.
    Los españoles llamaron a estos aborígenes, en los primeros tiempos, frentones, por la costumbre que tenían muchos de ellos de raparse la parte anterior de la cabeza, dando así la impresión de tener una frente ancha. El nombre guaycurú es, en realidad, el de una subdivisión de los mbayaes, que vivían desde el siglo XVI frente a lo que es hoy Asunción del Paraguay. Más tarde se aplicó esta denominación a todos los grupos de esa familia.
    Eran de estatura alta y complexión fuerte, un hermoso tipo humano, esbelto. Los frentones occidentales, que eran vecinos de los omaguacas, fueron descritos ya en 1583 por Pedro Sotelo Narváez, gobernador de Tucumán, como «gente más alta y desproporcionada» que los omaguacas, que eran andinos de talla más bien baja.

Modo de vida
    Estos pueblos fueron cazadores y recolectores y finalmente practicaron de modo restringido el cultivo del suelo. La economía indígena se orientó hacia la recolección de los frutos silvestres que abundaban en el bosque chaquense. Los pilagaes recolectaban los frutos del algarrobo, el chañar, el mistol, la tusca y el molle; higos de tuna, pequeños ananaes silvestres, porotos de monte, raíces, cogollos de palmera, etcétera. La indumentaria antigua era el manto de pieles de los patagónidos; en tiempos de Dobrizhoffer lo usaban todavía hombres y mujeres abipones; las pieles eran cosidas unas con otras y pintadas con líneas rojas en la superficie exterior. Pero ya entonces llevaban vestimenta tejida de lana, cortada según el modelo de la indumentaria antigua; vinchas para sujetar el pelo, mocasines de cuero para los pies, etcétera.

INDIOS DE LA ZONA ANDINA
Los pehuenches y los puelches de Cuyo
    En la zona de Neuquén y el sur mendocino vivían aborígenes que se diferenciaban de los araucanos que invadieron la región a mediados del siglo XVII. Eran los pehuenches antiguos y los puelches algarroberos y puelches de Cuyo. Pehuenche es una voz araucana que significa «gente de los pinares».     Estos montañeses pehuenches eran cazadores de guanacos y recolectores de semillas y frutas silvestres, de algarroba, molle, piñones de araucaria. Con éstos hacían una especie de pan y una bebida parecida a la chicha; los piñones reunidos en una época del año se conservaban en silos subterráneos para el consumo en todo tiempo. Cuando llegó el caballo, se aficionaron a su carne. Para los puelches, el alimento principal era la algarroba; por eso se les llamó algarroberos. La fruta del molle era recolectada y consumida tanto por pehuenches, como por puelches.
    Las pinturas rupestres en la Patagonia han sido frecuentemente estudiadas. Menghin se refirió a culturas protopehuelches del 2000 al 3000 a.C., y a otras de hasta once mil años de antigüedad. Por su parte, Asbojorn Pedersen estudió en varias ocasiones las pinturas rupestres de la región del Parque Nacional Nahuel Huapi y sus posibles proyecciones prehistóricas; halló llamas montadas y con carga, indicio de vinculación con el Altiplano. Pero lo más notable y sugestivo fue el hallazgo de jinetes a caballo; éste habría podido ser el caballo americano fósil (Equus rectidens), conclusión a que se refirió también Birci en 1938. En excavaciones patagónicas se hallaron huesos del caballo americano fósil y objetos de piedra correspondientes a la industria humana primitiva. Las armas de los pehuenches eran el arco y la flecha, las boleadoras de dos bolas y, al comenzar la araucanización, usaron también la lanza de varios metros de largo; las flechas llevaban una punta triangular, sin pedúnculo. Trabajaban el cuero para confeccionar prendas de vestir y cubiertas para los toldos y recipientes; usaban unos odres de piel de guanaco para el transporte de agua. Los que vivían cerca de los lagos habrían fabricado balsas, probablemente de juncos o de totora. Los trabajos de plumas eran una de las ocupaciones principales de los hombres, pero en lo que más se distinguieron los pehuenches fue en el arte de la cestería, que aprendieron de los huarpes, sus vecinos.


Se pueden seguir las huellas de tribus en la República Argentina mediante el estudio de pinturas rupestres halladas en la patagonia, las cuales acusan hasta 3.000 años de antiguedad.

Los huarpes
    Esta antigua raza indígena, ya extinguida, ocupaba la parte norte de Mendoza, el sur de San Juan y una extensión importante en el noroeste de San Luis. Esta última proyección ha sido puesta en litigio por Antonin Serrano, quien argumenta que la arqueología de esa región no parece mostrar vinculaciones culturales huarpes. Su territorio habría estado delimitado por el río Jáchal-Zanjón al norte, el río Diamante al sur, el valle de Conlara al este, y la cordillera andina al oeste. Según los cronistas y testigos, eran fisicamente de alta talla, de complexión fuerte, delgados y enjutos.
    Los hallazgos arqueológicos confirman las descripciones de los cronistas. Cuando llegaron los conquistadores, los huarpes cuyanos se encontraban en un proceso de transculturación de origen andino; ya hacían vida sedentaria, cultivaban el suelo, vestían camiseta andina y conocían la cerámica rayada, grabada y en bajo relieve, así como la cerámica policromada. Uno de los cultivos más importantes era el de maíz, probablemente también el de quínoa. Además, entraban en su alimentación productos agrestes de la zona, en especial la algarroba, que entonces abundaba. Con este vegetal preparaban el patay y la chicha o aloja. Cazaban patos y venados. Practicaban también la pesca en las lagunas; en la de Guanacache, hoy casi desecada, pescaban en balsas de antigua factura, formadas con la reunión de varios haces de tallos de juncos o totora, fuertemente ligados; el conjunto tenía una forma alargada, con rebordes, y era impulsado por una larga pértiga; todavía se hallaban muestras de esas balsas hasta hace pocos años.

Los tonocotés de Santiago del Estero
    Los indios tonocotés ocupaban la región de los ríos Dulce y el Salado, donde fue fundada la ciudad de Santiago del Estero. Pedro Sotelo de Narváez, en su Relación de 1583, dice que la mayoría de los indios asentados en la zona hablaba tonocoté.
    Estos indios eran de ascendencia brasílida, y practicaban la agricultura; pero influyeron sobre ellos las culturas andinas. Solían fijar su asentamiento allí donde las condiciones del terreno les permitían desarrollar su modo peculiar de vida. En la región que habitaron los hermanos Duncan y Emilio Wagner descubrieron un nutrido material arqueológico, compuesto sobre todo de cerámica policroma; estos hallazgos les llevaron a calificarlos como fruto de una civilización chacosantiagueña.
    Al respecto escribió Canals Frau: “Desgraciadamente, los mencionados arqueólogos que por la época se iniciaban en el estudio de estas cosas, llevados sin duda por sólo su enorme entusiasmo, exageraron y sublimaron en tal forma el sentido de estos hallazgos, que parecía como si la cerámica de Santiago del Estero estuviese exenta de todo condicionismo de tiempo y lugar ... “.
    Hablaron los hermanos Wagner de un “imperio teocrático de las llanuras», con asiento en el lugar, y buscaron correlaciones más bien con los lugares clásicos del Viejo Mundo que con las demás regiones del propio continente, lo cual llevó a muchas confusiones. Los especialistas argentinos examinaron la situación planteada y concluyeron que la civilización chacosantiagueña era propia de su tiempo y de su ambiente.

    En el fondo, no era más que una cultura amazónica andinizada, o bien una cultura andina amazonizada. Esa cultura persistió hasta la llegada de los españoles.
    Aparte de los tonocotés en el Chaco, hubo otro grupo aborigen del mismo tipo étnico y la misma lengua, los mataraes, que ocupaban numerosos poblados situados sobre las márgenes del río Bermejo medio, no lejos del lugar donde se instaló, en 1585, la ciudad de Concepción. Dos de esos poblados se conocen por haber sido de indios que se entregaron en encomienda a vecinos de aquella ciudad y que, posteriormente, fueron llevados a la jurisdicción de Santiago del Estero. Se trata de los mataraes y de los guacaraes, que vivían a una distancia de unas siete leguas al oeste de Concepción.
    Por el aspecto físico no se habrían diferenciado mayormente de los pueblos del noroeste y de las regiones colindantes, pues de otro modo habrían sido señaladas características externas, tales como la talla alta y la flacura. La arqueología moderna permitió examinar una serie de cráneos y esqueletos hallados por los hermanos Wagner, en la región del Salado.
    Los ologastas eran un núcleo étnico que habitaba los llanos riojanos y las zonas contiguas de San Juan, San Luis y Córdoba. Se supone que fueron un grupo huárpido. Utilizaban el arco y la flecha con punta lítica, la boleadora y las hachas de piedra. Eran sedentarios y vivían en poblados. Cuando llegaron los españoles en 1591, fueron repartidos en poblados vecinos, en Córdoba y La Rioja. En 1632 se rebelaron junto con otros indios y mataron a un misionero. En 1782 ya se habían extinguido.

Comechingones y sanavirones
    Estos pueblos habitaban en la región serrana de Córdoba, extendiéndose por el sur de Santiago del Estero y parte de San Luis. Las informaciones que se tienen sobre ellos son sumamente escasas, ya que desaparecieron tempranamente, sin que nadie se preocupase de estudiarlos, ni de recopilar materiales de sus lenguas.
    Se trata de dos pueblos que, aunque a menudo son presentados juntos por los investigadores, evidentemente diferían entre sí. Hablaban lenguas distintas, de las que no quedan sino unas pocas palabras sueltas. Los comechingones, que habitaban las sierras cordobesas, hablaban dos lenguas: los de la región septentrional, la lengua henia, y los del sur, la camiare. El nombre de comechingones, con que se les conoce, no es el que ellos se daban, sino el que les daban los sanavirones, y al parecer se refiere al hecho de que vivían con frecuencia en cuevas. De los sanavirones se sabe aún mucho menos. Respecto de esta región, los conquistadores españoles hablan con frecuencia de indígenas barbudos, merced a lo cual Canals Frau los coloca en su tipo racial australoide de los huárpidos. Otros autores los consideran ándidos o pámpidos.     La barba que cubría su rostro los distinguía de los demás indios. Habitaban el oeste de las sierras de Córdoba; allí construían sus viviendas, cavando la tierra hasta que quedaban sólo dos paredes, que armaban con madera y cubrían con paja. Cazaban guanacos, ciervos y liebres; recolectaban frutos de algarrobo y chañar, y cultivaban el maíz y la quinua. Mediante estas tareas conseguían su sustento, los pequeños criaderos de llamas que habían domesticado les daban la lana para tejer el delantal, la camiseta y las mantas con que se vestían.
    Del nivel cultural de estos indígenas ofrecen excelentes testimonios las pinturas rupestres de la sierra de Comechingones, las de la zona de Cerro Colorado y las de las Sierras del Norte. Se han estudiado unos treinta mil dibujos en doscientas cuevas o abrigos. Cuando llegaron los españoles, en 1573, comenzó la extinción de estos indígenas, que se diluyeron en la masa amestizada de la antigua gobernacíón del Tucumán.

Diaguitas y calchaquíes
    La geografía del noroeste influyó para diferenciar a los pueblos indígenas que allí habitaban del resto de los grupos que habitaban el territorio argentino. las cadenas montañosas, con altos picos y valles que dificultaban las comunicaciones, contribuyeron a la formación de culturas muy distintas de la de las llanuras. Entre las numerosas tribus de la zona sobresalían los diaguitas y los calchaquíes, que habitaban en los valles de Salta, Catamarca y La Rioja. Conocían las técnicas agrícolas y cultivaban el maíz en terrazas o andenes de la montaña. Se proveían de lana de llama, guanaco y vicuña, realizando tejidos de variados dibujos. Fabricaban vasijas, jarros y platos, pues eran excelentes ceramistas y decoraban hábilmente estos objetos. Trabajaban el oro, la plata y el cobre. Los incas extendieron sus dominios por estas regiones a mediados del siglo XV, es decir, cien años antes de la llegada de los españoles. Dominaron a los diaguitas y los valles calchaquies e incorporaron la región al Tahuantinsuyo.
    Esta influencia incaica se extendió hasta la zona de Cuyo, donde los huarpes adoptaron las técnicas agrícolas y los sistemas de riego incaicos.
    Los diaguitas y los calchaquíes o cacanas, que habitaron el noroeste argentino, fueron, sin duda, los de cultura más elevada en el país. Defendieron tenazmente su identidad frente a los conquistadores españoles, quienes sólo pudieron someterlos mediante la guerra o el traslado en masa de sus poblaciones. Esta capacidad para enfrentarse al español, así como las numerosas fortificaciones halladas en la región, los revelan como pueblos muy bien preparados para la guerra. Siempre combatieron a pie, ya que los diaguitas, como los restantes grupos andinos, no incorporaron el caballo; la llama fue su permanente medio de transporte. El maíz era su alimento preferido, aunque también cultivaban zapallos, porotos y quinua.     Sembrar en una región de suelo montañoso, a menudo árido y casi sin lluvias, no es tarea fácil, y en verdad no lo fue para los indígenas andinos. Sin embargo, lo consiguieron con su tenacidad e ingenio: es justamente su habilidad para desarrollarse como agricultores uno de los elementos que nos permite comprobar el grado de adelanto que habían alcanzado. No tenían tierra llana; hicieron entonces andenes en las laderas de las montañas, y, como casi no llovía, construyeron canales y acequias para el riego, tan eficaces que aún hoy se utilizan. Los calchaquíes, como todos los indios de América, no conocieron el arado; por ello sembraban haciendo pequeños hoyos. Casas cuadradas, de piedra, sin puerta y con techos de paja o sin él, fueron las viviendas típicas de los pueblos andinos.

Los omaguacas
    También los omaguacas disputaron sin cuartel el dominio de su tierra a los españoles. Éstos, sin embargo, se esforzaron mucho en conseguirla porque la zona de mayor concentración de estos indios, la Quebrada de Humahuaca, constituía el camino obligado hacia el rico imperio incaico, ya bajo el poder de España. Como sus vecinos, los omaguacas hicieron de las laderas de los cerros sus campos de cultivo allí sembraban la papa y el maíz, y los regaban también por medio de canales.
    La carne de guanaco y avestruz completaba su comida. Eran sedentarios, conocedores de la cerámica, de rudimentos de la metalurgia y de las artesanías del tejido y la cestería.
    Esta zona del noroeste argentino fue conquistada entre los años 1460 y 1493 por el soberano Túpac Yupanqui. Este inca guerrero anexó a su imperio todo el altiplano boliviano y luego Chile, hasta el Bío-Bío. De paso para esa campaña sometió al noroeste casi sin esfuerzos ni contratiempos especiales, hasta el sur de Mendoza. La influencia que dejaron los incas en esas zonas está documentada en un auto que expidió el obispo de Santiago de Chile, fray Diego de Humanzoro, al visitar Mendoza, en 1666. En el mismo el obispo anatematiza a los indios cuyanos, los huarpes, por ciertas ceremonias y ritos que practicaban, y especialmente por la ejecución de “sus danzas y otros taquies prohibidos”. La palabra taquies significa, en lengua incaica, “cantos bailados” y los huarpes los asimilaron durante los años de dominio incaico, entre 1460 y 1520. De estos taquíes derivaron el takirare, el yaraví, el triste y la tonada cuyana. Los indios que practicaban esas danzas y cantos prohibidos por los frailes, eran azotados por los conquistadores, quienes les cortaban el cabello y los exponían en la picota.